viernes, 25 de mayo de 2007

ochenta y uno

Natalie Katalenas

Huele a trementina. Las ventanas están abiertas y se cuela el frescor de la noche. No es que Natalia pinte solo de noche pero el silencio a veces ayuda a pensar. A pensar en todo ese mundo interno que guarda. Un mundo lleno de pulpos, dientes, caballos y proyectos para el futuro. Solo se escucha el roce del pincel sobre el lienzo con un ruido de teclas añadido. Ella pinta, yo escribo. De vez en cuando la hago preguntas. Deja de pintar, se gira y responde. Cuando no consigue expresar todo lo que siente se calla, hace un vago gesto y dice no se. Continúa pintando. Ella sola, abstraída en su lienzo, en el olor de sus oleos de colores, en la trementina que envuelve todo el ambiente.
Natalie no usa caballete, porque esta temporalmente en España. Dejó su carrera en Chicago para cursar aquí este año. Así que la vemos, de pie, mirando sus lienzos apoyados en las sillas. En una mano sostiene el ordenador, en la otra su pincel, pincel que a ratos es fino, o grueso, otra una brocha, cambiante, fugaz, pincelada que se desprenden de su mano. Llevó aquí menos de una hora y de un lienzo vació ya puedo distinguir el paisaje de Luanco, pueblito asturiano donde veranea todos los años con su familia.

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