viernes, 24 de agosto de 2007

ciento veintiuno

Las letras eran como huellas, huellas dactilares que escapaban de su boca. Todas ellas, juntas y revueltas iban emanando lentamente de sus labios. Labios mudos cosidos sin seda, hilos de sustancia etérea que la atrapaban. Boca sellada y palabras dispuestas. Letras que buscaban salir en alguna parte. Esperaban, pululaban en su pequeña cabecita de latón, chocando continuamente con la pared, gritando y exigiendo que alguien las sacara de allí, creando una y otra vez frases, sentidos y sin sentidos que aparecían continuamente., un sin cesar que la envolvía. Ella solo era letras, palabras, frases, versos, estructuras, grandes o pequeños sintagmas pugnando por ser plasmados, allí, en alguna parte. Pero su boca, sellada. Desconocimiento puro. Querer romper esos hilos, y obtener silencios mudos, inescrutable. Al fin, cansada, se plasmaban en libretas, cuadernos, hojas de rayas, ultimo remedio el teclear intermitente y frío de la computadora. Hacia años que no usaba la maquina de escribir prestada.

ciento veinte

No pudo resistirse, se levanto de su cama naranja, sigilosa, intentando no despertar a las demás ni si quiera a la nostalgia. aunque lo que ella no sabia es que estaban ahí, y eran ellas quienes la hacían levantarse de la cama, acercarse, abrir la cajita negra y sacar ese cuadro, la fotografía de la naturaleza muerta, el bodegón de la felicidad. Lo llevo consigo, hasta la pared del clavo. Lo intento. Intento por todos sus medios colgar la fotografía, siempre hay momentos para rendirse, ese era uno. miró el cuadro. Se observo, estaba tan feliz, sonreía, la brillaban los ojitos. Estaba tan linda en ese blanco y negro cruel. Si, él también. Él lindo y feliz. Pero él tenía la culpa de ahora, o quizá no. La culpa siempre fue de los dos. O eso había aprendido. Nostalgia se apodero de ella. La tristura comenzaba a consumirla.

ciento diecinueve

Cabe la posibilidad de que mueras intentándolo, dijo. Aunque en la forma de mirar denotaba que no le importaba lo mas mínimo que esto sucediera.
Correré ese riesgo si hace falta.
Correrás el riesgo sin ayuda de nadie, sirviéndote únicamente de esta espada barata y esta cota deslavada.
Que así sea.
Murió

ciento dieciocho

Vos señor de la boina y los puros diminutos.
Vos cuya sombra era aquel rastro de humo.
Vos que me llevabas a una playa de hierba con ovejas,
a un monte con enanos y princesas.
Vos que nos conducías en un coche blanco y negro,
a vos quiero.
Usted señor, con el pelo blanco y las piernas frágiles,
Usted señor, con su mirada.
Usted que escribe en una máquina verde,
que podaba los árboles antes de que pasaran de fecha.
Usted, que escondía tesoros en la masa,
que hacia cemento en un volcán de arena.
Usted que construía maravillas
y compraba folios donde Ana.
A vos quiero.
Quien nos llevaba de paseo por Alceda
ese gran parque, que mire usted, ahora es diminuto.
Todo parece que se quedo diminuto cuando yo crecí.
Pero se equivocan, usted sigue siendo grande.

viernes, 10 de agosto de 2007

ciento diecisiete

un dia. no todas sus horas. meditando sobre la conveniencia. necesitarte absurdamente. temor de que sea de verdad. no quiero que ella no este. es el escudo que impide y que protege. racionaliza. porque desde que se fue tengo miedo, y huyo. huyo de todo aquel que se acerque. fugandome de todo lo que parece posible, no quiero volver a caer o quiza realmente le siga esperando. no lo se, es odioso. solo busquedas de imposibles, quien parezca lejano, quien se vaya a ir, quien nunca me espere. Busqueda de lo absurdo para compensar perdidas. -¿solo eso?. que hiciste para merecer algo. deja de provocar. lo mas problable es morir en una fiesta de disfraces.

ciento dieciseis

A veces, pero pocas, me doy cuenta, ese es el problema, que son pocas. Me doy cuenta de que solo hablo de mi, de mi mi mi mi. De que cuando escribo, tecleo, tecleo suena mas mundando, solo me interesa contar como me siento. Supongo que tiene que ver con el hecho de que me es imposible expresar mis sentimientos de otra forma. Lo intento. Pero se a ciencia cierta que mi solo habla cuando escribo.


Las palabras no aparecen si no las escribo.

ciento quince

Me pregunto por qué sigo leyéndote, esperando que actualices ese maldito blog de cosas serias, por qué me gusta ver todo lo que vas aprendiendo, por qué estoy tan orgullosa de ti. Te deseo tanta suerte en lo que hagas. Un día de estos te llamaré, no para que sepas que no te olvido, sino para que te acuerdes de mí. Para que vengas a visitarme, me hagas enfurecer y sienta que nadie me tratara mejor de lo que tu lo hiciste.

si, porque a veces me da nostalgia, tanto tiempo no se borra de repente. lo estoy intentando.