viernes, 24 de agosto de 2007

ciento veintiuno

Las letras eran como huellas, huellas dactilares que escapaban de su boca. Todas ellas, juntas y revueltas iban emanando lentamente de sus labios. Labios mudos cosidos sin seda, hilos de sustancia etérea que la atrapaban. Boca sellada y palabras dispuestas. Letras que buscaban salir en alguna parte. Esperaban, pululaban en su pequeña cabecita de latón, chocando continuamente con la pared, gritando y exigiendo que alguien las sacara de allí, creando una y otra vez frases, sentidos y sin sentidos que aparecían continuamente., un sin cesar que la envolvía. Ella solo era letras, palabras, frases, versos, estructuras, grandes o pequeños sintagmas pugnando por ser plasmados, allí, en alguna parte. Pero su boca, sellada. Desconocimiento puro. Querer romper esos hilos, y obtener silencios mudos, inescrutable. Al fin, cansada, se plasmaban en libretas, cuadernos, hojas de rayas, ultimo remedio el teclear intermitente y frío de la computadora. Hacia años que no usaba la maquina de escribir prestada.

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